
En mi infancia hubo una vieja que se quedaba con las pelotas. Su hogar estaba a un nivel más bajo que la calle, rodeado de muros que daban a un hueco que era su jardín y al fondo del terreno se encontraba la casa. Era una fija que en cuanto empezábamos a jugar la pelota cayera en su patio - ¿ atraída por la ley de gravedad? - pero nadie se animaba a bajar. Y de pronto, desde su habitat, asomaba la cabeza de la doña rezongando y mostrando el trofeo esférico que no entregaría. La señora era gorda, de cabello oscuro y enrulado y tenía en su cara un lunar con un pelo (¡ completita!). Por supuesto que siempre usaba polleras rectas y hasta las rodillas. El marido, para completar el sustito, trabajaba en el cementerio. Los dos tenían fama de saber vida y obra de todo el mundo y él era un clásico, siempre sentado en el murito junto a la escalera que descendía hasta su madriguera. Pasaron los años, crecimos, pero los cónyuges del subsuelo siguieron maltratando generaciones. Hasta que llegó el día que el señor hizo de su trabajo su hogar definitivo, o shea: ¡ palmó!. Y la señora sufrió una metamorfosis, adelgazó, se cortó el pelo, se puso pantalones y una sonrisa permanente, empezó a salir de paseo y un buen día se consiguió un novio. Sus charlas mutaron de los chismes de barrio a sus andanzas románticas contadas con mucho humor para horror y deleite de sus congéneres no evolucionadas. El gusano transformado en mariposa no resistió al rioba que le pagó con la misma moneda con la que ella lo había tratado por años y un día emigró a otros aires. Hace un tiempo me enteré que falleció y que quien la acompañó y cuidó hasta su muerte fue el galán que hacia estragos entre las veteranas pero que en ella encontró a la compañera con la que resistió las habladurías y los desaires de quienes todavía no habían salido de sus crisálidas. Siempre hay tiempo para cambiar, para vivir, para morir sabiendo que su paso por este mundo no fue sólo para asustar a los gurises de la cuadra.